Si algo cabe decir del arte de Paula Rubio Infante es que está hecho desde el estómago. Sin gestos para la galería, sus propuestas exudan aquello que debería ser el sustrato proteico de todo arte: proponerse como instancia contra lo hegemónico, contra este poder tardomoderno que llevamos todos instalado en nuestra propia psique. Y es que, por muy difícil que nos sea zafarnos de la “astucia de la razón”, hay un hecho innegable, un dato originario del que debe de partir el arte en estos tiempos hiperconsensuados: el reguero de sin razón que la propia razón deja a su paso, el poso de sufrimiento que la propia razón trata de sepultar y olvidar.

De ahí que Paula Rubio siga un único leitmotiv: sacar a la luz lo silenciado, lo olvidado, lo que –nos dicen– no debe importarnos ya. Y de ahí, también, que lo suyo sea lo otro de la razón, lo otro de lo que se da por válido, lo otro de lo que se toma por costumbre y regla general; el otro lado de los que han salido victoriosos.

Para desmontar el principio lógico de la razón occidental Rubio Infante ha acudido varias veces al rito, al sacrificio iniciático por el cual la comunidad expurga y da cumplimiento a esa lógica imposible sobre la que se erige la justicia: dar a cada uno lo suyo. Valiéndose por ejemplo del rito de la matanza del cerdo o de la caza como lugares comunes de nuestra realidad social, Rubio Infante hace aparecer el resto excesivo de toda socialización y de toda realidad. ¿Cómo dar a cada uno lo suyo si yo, para ser yo, he de tomar lo del otro? No hay, es imposible que lo haya, nada parecido a una justa medida, pero el acto sacrificial trata de mediar una restitución, una equivalencia capaz de hacernos soportable la injusta realidad.

Pero, habida cuenta de que tal resto excesivo le ha servido a la realidad para operar la barbarie como ratio essendi de su ser racional, la cosa no se ha quedado ahí, en una ritualización capaz de anestesiar la sed de simbolización imposible. La cosa, más bien, ha tomado tintes violentos y ha tratado de expurgar lo otro simplemente aniquilándolo, dejándolo en la cuneta. De ahí que Paula Rubio también se haya preocupado por esa parte de nuestra historia –¿y cuál no lo ha sido, cabría también preguntarse?– donde la ignominia y el asesinato han campado a sus anchas. No ya un rito para resimbolizar lo excesivo, sino silenciarlo; no ya el reiniciar el tiempo de la fiesta, sino el forzar al otro a un tiempo nulo, a un silencio eterno y de muerte.

Ahí quedan obras de gran potencia como “Come mierda”, “Los trapos sucios se lavan en casa” o “La luz se propaga en el vacío”. Si no fuese porque el tinglado artístico “necesita” seguir llamando “joven promesa” o “emergente” o chorradas semejantes a artistas como la que nos ocupa, seguro que desde hace ya tiempo diríamos de Paula Rubio Infante que es una potentísima artista.

En esta ocasión, la primera exposición en la Galería Paula Alonso, la artista madrileña continúa abriendo en canal a nuestra despótica razón para enfrentarla no ya a sus restituciones simbólicas o a sus terribles injusticas, sino señalando ahí justo donde la razón misma es incapaz de tomar la palabra, donde balbucea y apenas atina a dejar entrever un poso de irracionalismo en su construcción. Porque, si antes nos referíamos a la justicia como el dar a cada uno lo suyo, ¿qué pasa cuando a uno no hace falta darle nada pues él ya posee “de sobra”?, ¿no es ese “de sobra”, ese “andar sobrao”, una desmedida, un exceso con el que ha de cargar y que le puede hacer inviable el mero hecho de vivir?

Los dioses ríen, porque han otorgado a alguien la condena más pesada: el portar una desmesura cuyo efecto es la locura, el situarse fuera de los límites de la medida de la razón. Hybris llamaban los griegos a tal pasión exagerada, una desmesura que era tenida como la principal falta. Razones, por otra parte, no les faltaban: el que pecaba de hybris rompía el juego de las medidas sobre el que se asentaba la comunidad, reclamaba para sí más destino que el que los dioses le habían entregado, quería más, no se conformaba con su parte, con lo suyo.

Es en esta línea en la que hay que entender, creo, el trabajo desplegado por la artista y su forma de enfrentarse a las pinturas de Manuel Delgado Villegas, “El Arropiero”, el conocido como el mayor asesino en serie de la historia española. Y es que el interés de Paula Rubio nunca ha estado en comprender ni en restituir, sino en hacer aparecer –otra vez– el resto de un exceso, la turbulencia de una vida que se explica solo por mediación de lo inexplicable: un reparto y un exceso, una desmedida. Paula Rubio se enfrenta al asesino no para explicar unos hechos, no para rememorar unos acontecimientos, no para realizar el enésimo documental que nos explique y aclare las cosas: se enfrenta para hacer aparecer lo incomprensible, para hacer surgir no ya una justificación maniquea sino para hacer emerger una razón-otra, una locura que no basta con encerrar en manicomios para silenciarla. Se enfrenta para hacer patente que, pese a las apariencias, no hay manera humana de explicar una razón que sabe de sus tropelías para, precisamente, salvar las apariencias.

El padre de la artista, trabajó como funcionario de prisiones en el Psiquiátrico Penitenciario de Carabanchel desde el año 1973 hasta su cierre definitivo en el año 1985. Allí tuvo trato con “El Arropiero” y, sabiendo de su interés por el dibujo, le hizo llegar un cuaderno para dibujar que después éste le regaló y que ha permanecido desde entonces en casa de Paula Rubio. Son estos dibujos, que forman parte del imaginario biográfico de la propia artista, los que sirven de “excusa” esta vez para adentrarse en los secretos de lo otro de la razón, de lo excesivo siempre de una razón que nunca es quien dice ser.

El propio asesino “sabía” de su “pecado”: el estar marcado por los dioses por un exceso inasimilable que le hacía la vida insoportable. Tal exceso venía en su caso dado en forma de trisomía XYY –síndrome del superhombre–, considerada durante años como causante de comportamientos agresivos y cuya cura, por imposible, hacía pertinente su reclusión de por vida en cárceles-manicomios.

Casi, pudiera decirse, que el propósito de Rubio Infante es marcadamente orteguiano: y es que si nuestro ilustre pensador tuvo como meta de su reflexión desvelar las imprudentes temeridades que practicaba una razón que al descubrir su frontera, allí donde se elevaba la sinrazón, no se andaba por las ramas y trataba de conquistar y ampliar tal frontera a golpe de exacerbado racionalismo, nuestra artista, con un mismo proceder, comprueba magistralmente como la razón opera violentamente para imponer el reino de la identidad allí por donde pasa.

En este caso, la razón moraloide, inoperante para siquiera comprender su gran otro, solo sabe de una estrategia: el olvido, el silencio, la amputación radical. De hecho, no sabiendo –literalmente– qué hacer con “El Arropiero”, las autoridades (aquellos en quienes descansa el primado maquinal de la razón igualitaria) le declararon preso “inimputable”, su expediente se perdió y nunca fue juzgado, pasando el resto de su vida ahí donde se envía a los que sus excesos les hace prohibitivo tomar la palabra, tomar parte en el reparto.

El propósito de Rubio Infante también hay que vincularlo con el intento de resignificar lo que la tradición ha venido en llamar “art brut” o “arte marginal”. No ya, casi de forma despectiva, el arte de los locos, un arte simpático por su venazo exótico, sino una forma artística con valor en sí mismo, con el valor de –sin mediación ni conceptología alguna– adentrarse en los terrenos dubitativos de lo irracional, de lo que peca de exceso y no hay razón que lo logre domesticar.

Así, las piezas construidas por la artista pueden ser comprendidas como vías de acceso, intentos de comunicación con un “más allá” de la razón sin por ello anestesiar su radical potencia desmedida. Las piezas de Rubio Infante por tanto monumentalizan la disgregación que la propia razón trata impunemente de silenciar; se erigen como dispositivos fronterizos que, desde el “más acá”, envían una sonda, un mensaje en busca del destinatario perdido. En definitiva, es casi frente a las carcajadas de los dioses que nos observan en nuestra diaria desventura que Paula Rubiotrabaja sin duda en un esfuerzo titánico: el de tratar de rebelarse contra el destino y establecer comunicaciones perdidas, el de restablecer una nueva medida no ya atenta a lo dogmático de una razón que impone la “ley de la frontera”. Sabemos es imposible, pero, ¿qué es el arte sino rebelarnos contra los imposibles de nuestro destino?