Ríen los dioses. Galería Paula Alonso. Lope de Vega, 29. Madrid. Elena Vozmediano publicado el 7.2.2014 en El Cultural de El Mundo. Edición impresa.

Paula Rubio Infante (Madrid, 1977) se ha adentrado, a través de diversos proyectos, en la historia carcelaria española. Su trabajo se basa en una concienzuda labor de documentación, pero su obra la trasciende. La presentación de cada uno de sus proyectos se compone de un pequeño grupo de obras “mayores” en las que suele combinar fotografía y escultura, y un más nutrido conjunto de dibujos y maquetas escultóricas con el que muestra el proceso de elaboración conceptual y plástica seguido, así como las posibilidades de desarrollo de una investigación en curso. Su actual exposición en la galería Paula Alonso es una de las más impactantes que ha realizado. Aunque ha producido esculturas más rotundas, como las integradas en el conjunto de obras adquiridas para el Centro de Arte Dos de Mayo, la amalgama entre la historia que se revive aquí y su expresión a través de las formas artísticas es perfecta.

El fondo argumental es sórdido, aunque incluye un descubrimiento estético. Resumiendo mucho (les animo a que profundicen en la historia y escuchen las grabaciones a su disposición en la galería): el padre de la artista, que fue funcionario de prisiones, tuvo trato en el psiquiátrico penitenciario de Carabanchel con Manuel Delgado Villegas, “El Arropiero”, el tres veces célebre criminal: como asesino en serie que confesó 44 muertes (se pudieron probar 8), como objeto de investigación psiquiátrica por haberse identificado en él la trisomía XYY, considerada durante unos años como causante de comportamientos agresivos, y como paradigma del incorrecto tratamiento a los criminales “inimputables” a causa de su enfermedad mental que se pudrían de por vida, permanentemente dopados, en las cárceles-manicomio.

A este desgraciado que era analfabeto, sufrió maltrato, se prostituyó desde muy joven y acabó de trastornarse en la Legión, se le han dedicado diversos reportajes televisivos y, últimamente, un buen documental de Carles Balagué, pero nunca se ha difundido algo que Rubio Infante sabe: que tenía talento para el dibujo. En Carabanchel, su padre quiso ayudarle y le compró un cuaderno de dibujo y unos rotuladores. Y el asesino llenó el álbum de composiciones sorprendentes, de colores vivísimos, con formas unas veces arquetípicas y otras alusivas, según interpreta la artista, a su actividad criminal. Comparte rasgos con el arte outsider de otros enfermos mentales, pero tiene su propia personalidad.

Rubio Infante, en cuya casa paterna se guarda además una escultura de El Arropiero que protagonizará la segunda parte del proyecto, ha estudiado en detalle los dibujos y los ha “amplificado” a través de su trabajo artístico. Por un lado, utiliza en las fotografías del escenario de uno de los asesinatos el recurso de la simetría bilateral, típica en la imagen digital más facilona pero muy pertinente aquí, ya que hace referencia al test de Rorschach: es la imagen como detonante de interpretaciones que revelan el funcionamiento psíquico. Más original es la aplicación de esa misma táctica de desdoblamiento en dos de las esculturas, en la que reelabora la forma de la vela de un barco (en ella utiliza por primera vez tela, dándole una apariencia “sólida”) y en otra menos literal, centrada en un pormenor arquitectónico que aparece en una fotografía de un viejo puesto fronterizo entre Italia y Francia (El Arropiero recorrió media Europa) y que se relaciona ya con la escultura mencionada, combinando los conceptos de máscara y de “agujero”: en la psique, en la habitación de aislamiento, en el sistema. Todo lo que en los dibujos outsider es color y vértigo se convierte en oscuridad y pesantez en la obra de la artista. Cemento, hierro y ceniza que materializan el universo perturbado y triste del “vagabundo de la muerte”. “